CRÓNICAS DE LA CALURA

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PECES Y LAS PENAS


La tarde siempre arribaba con personas queridas, de conversa distendida y grata, y se arrellanaba con ellas en una silla de Brudrimar, en el paseo Talavera, donde uno se las encontraba empinadas en una taza de café. Una de esas personas era el poeta Hugo Fernández Oviol, rubicundo como el cielo del oeste a esa hora, de voz grave como los bordones de su guitarra. 

“¿Y qué estás escribiendo, papa?”, me preguntó una vez el poeta, empleando ese vocativo tan suyo: papa, así, sin tilde. “Estoy corrigiendo un conjunto de poemas que he titulado De aguas y de peces”, le respondí. “¿Los traes contigo?”, me preguntó.“Muéstramelos, papa”, me pidió antes que le respondiera. Yo vacilé. “Es que creo que les falta mucho…” Pero rápidamente pensé que uno no siempre tiene la oportunidad de que un gran poeta quiera leer nuestras creaciones, por lo que busqué en mi bolso las manoseadas hojas con mis textos borroneados y se las extendí. Él las agarró y comenzó a leer los poemas en silencio. Yo esperé nervioso y expectante su veredicto. “Déjate de güevonadas, estos poemas son bellos”, sentenció al cabo de un rato y para mí aquella oración tuvo el valor de un sesudo ensayo de Gastón Bachelard. Y discúlpenme la reproducción de la palabra altisonante, pero en Hugo hasta los palabros tenían una carga lírica, porque su vida toda era poética. Él vivía en poesía, como algunos hombres viven en pecado y otros en santidad. “Te aconsejo que lo titules De aguas, solamente. Cuando dices aguas, ya estás diciendo peces. Recuerda que la poesía sugiere, no lo da todo”. Aquello más que un consejo u observación me pareció un taller de poesía veloz y profundo, que yo replicaría en las aulas, como profesor universitario, hasta que me fui jubilado, mas no jubiloso. 

Antes de despedirme de Hugo, con la brisa ya convertida en noche, saqué del bolsillo de la camisa mi libretica y escribí, parafraseada, la lección aprendida: “Cuando digo aguas se multiplican los peces”.

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Con el título que Hugo me había propuesto envié, tiempo después, mi libro a un concurso literario, el cual ganó. Dos años más tarde, el Salón de Arte Caribe, el mismo de la historia aquella que les conté de los pescados, publicó sus bases en las que contemplaba el agua como temática de esa edición, por lo que me pareció oportuno plantearle a la señora que coordinaba el Museo de Arte Coro, apéndice del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas de Caracas Sofía Ímber, y sede de la confrontación artística, la realización de una performance con mis poemas. Ella estuvo de acuerdo,así que llamé a mi amigo José Gómez, actor, director teatral y compañero de antiguas correrías por los sitios más sórdidos de la ciudad, a donde yo me empeñaba en ir con la excusa de buscar historias que contar. Le planteé a José la propuesta escénica y mi deseo de que él la dirigiera y quedó encantado. Le di una copia del libro y al día siguiente ya me estaba llamando para referirme todas las ideas que se le habían ocurrido. “Ahora debemos buscar a los actores, José”, le comenté. “Despreocúpate, ya los tengo. Serán Maryoris Roque, Guillermo Vento y su esposa Yaneth, Guillermo Capiello y Cheche Yugurí. Los convoqué al Museo mañana, en la noche, para que hagamos la primera lectura del texto”, me informó. Yo celebré la decisión porque todos eran, y siguen siendo, amigos muy queridos y talentosos. “¿Has pensado en el vestuario?”, le pregunté. “En el vestuario no, pero sí en quién lo puede diseñar y confeccionar. Me hablaron de una modista que, según, es muy buena. Podemos llamarla y pedirle una cita”, me respondió con un entusiasmo contagioso.“No se diga más. Pregúntale si podemos visitarla mañana mismo, en la tarde, antes de reunirnos con el elenco. ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?”, quise saber. “A ella la llaman la Carolina Herrera de La Cañada”.

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La Carolina Herrera de La cañada era un mujerón de casi dos metros, de tez oscura y cabello corto teñido de amarillo candela. Caminaba como si bailara un tambor coriano y hablada con una voz ronca, pudiera decirse que varonil. Era lo que yo llamo una “divinona”, me explico: no llegaba a ser realmente exquisita en sus modales y estilo, pero ella juraba que lo era. Sin embargo, aquella mezcla de fineza sobre actuada y maneras prosaicas exhibidas le otorgaban un encanto y una gracia especiales. 

Cuando le explicamos el proyecto, la mujer deliró. Como la vi tan animada le pregunté si podía leerle algunos poemas, propuesta que aceptó gustosa: “Claro que sí, mi vida, adelante, eso me ayudará a inspirarme. Recuerda que yo también soy una artista”, me dijo con el rostro iluminado, no sé si por el pancake, tres tonos más claro, o por la emoción que demostraba sentir. A medida que yo le leía los textos ella me interrumpía, histriónicamente conmovida, y nos describía el traje que se imaginaba para el actor que declamase aquel poema. Decía cosas como: “Lo visualizo con una malla azul tornasol, de cuyas mangas surjan incontables y largas capas de organza cortadas al bies, semejando olas marinas, bordadas con miles de cristales de Swarosvki”. Sí, sus descripciones realmente eran de una cursilería digna del desfile de traje de gala del Miss Venezuela y, por momentos, tan estrafalarias que teníamos que detener su inspiración: “Debe ser algo más modesto, recuerda que es una performance en un museo de Coro, no un espectáculo de Liberace en Las Vegasni un programa de Walter Mercado”. Ella nos miraba con cierto desdén y continuaba cortando diopovelos, cosiendo organdíes y enhebrando canutillos y mostacillas en su imaginación. Cuando culminé la lectura, le solicitamos un presupuesto y luego de cálculos y más cálculos nos extendió una hoja con una suma escrita que nos pareció aceptable. Al día siguiente regresamos con un cheque emitido por el museo y con los cinco integrantes del elenco para que les tomara las medidas. 

“Mañana mismo comienzo la confección”, nos informó encendiendo un cigarrillo Cónsul. “Me parece muy bien, porque necesitamos que los trajes estén listos al menos una semana antes de la presentación, así podremos ensayar con ellos, hacer las fotos para la prensa y solucionar a tiempo algún desperfecto”, le expresó José. “¿Desperfectooo?”, lo interrogó indignada la mujer. “¿Cómo se te ocurre? Mis creaciones son de alta costura. Jamás he confeccionado un traje defectuoso. Los trajes estarán a tiempo, perfectos, preciosos, rutilantes”. Y frunció sus gruesos labios para indicarnos con ellos la salida y como no reaccionamos rápidamente a su gesto, con un dedo que terminaba en una uña roja, larga y curva como un garfio, nos señaló la puerta de salida.

A pesar del comportamiento final de la mujer, nos fuimos contentos, imaginando la cara de asombro que pondría el público cuando viera aquel derroche de telas y brillo que harían lucir a nuestras actrices como hermosas ondinas, y a nuestros actores como verdaderos tritones. 

Cuando llegamos al museo para iniciar los ensayos, al ver el jardín y el patio donde se realizaría nuestra presentación, se me ocurrió que debíamos llenar aquel espacio de monitores. “Imagínate, José, que en un momento dado de la performance se enciendan una docena de pantallas, ubicadas entre los arbustos y en el patio, y se vean imágenes del fondo marino”. José alucinó. “¿Y la música, José? Tiene que ser música electrónica. Que esta casa vetusta, la cual escuchó los ronquidos de Simón Bolívar en el siglo diecinueve, rejuvenezca con ChemicalBrother”. José casi llora de la emoción. “Se me acaba de ocurrir otra idea”, me comunicó mi amigo. “Tú debes actuar en la performance”. Lo miré con expresión de incredulidad antes de exclamar: “¡Noooo! Yo no soy actor. Yo solo he actuado en los actos de la escuela, cuando era niño”. José insistió: “No acepto un no como respuesta. Será, como dicen los directores de cine, un cameo”. Aguijoneado un poco por la curiosidad, le pregunté a José: “¿Y qué más o menos haría yo ahí?”. Con sonrisa de vencedor, me respondió: “Ya lo sabrás”. Yo lo atajé para aclararle: “Todavía no te he dicho que sí. Lo más seguro es que no lo haga”.

Durante un mes estuvimos acudiendo cada noche a los ensayos, en el patio del museo, y en cada uno de ellos José tenía una nueva idea, trabajaba con un actor la pronunciación de alguna palabra, le marcaba a alguien una nueva ubicación escénica o le indicaba un nuevo movimiento. Yo me emocionaba escuchando mis poemas acompañados con los gestos gráciles de aquellos cinco jóvenes que reían a cada rato, que nunca se cansaban y sabían mis textos de memoria, cosa que yo nunca había podido lograr. No sé cuál será el misterio, pero sigo sin aprenderme los poemas que escribo. Puedo aprenderme un largo poema de Gerbasi o de Huidobro, por ejemplo, pero uno mío, de tres líneas, no. Por eso me causaba asombro ver a aquellos muchachos recitando de memoria mi libro completo.

Trabajamos sin tregua, cuidando cada detalle para que el evento resultara perfecto. Yo le pedí a mi amigo Marcos Vale, siempre solidario, que posara para la foto que iría en el programa de mano. En dicha foto saldría Marcos llorando peces, recreando así la esencia del contenido del libro. También le pedí a mi amiga Arianny Valles, periodista y locutora, que fungiera como maestra de ceremonias. Ante tanto talento congregado nada podía salirnos mal.  

No habíamos tenido noticias de la Carolina Herrera de La Cañada desde el día que tomó las medidas al elenco. Imaginábamos que estaba trabajando afanosamente en el vestuario. Convenimos no llamarla para no importunarla, pues ya nos había dado señales de su mal genio. Sin embargo, faltando una semana, decidimos contactarla, como habíamos acordado. La llamamos por teléfono durante todo el día y no nos atendió. La llamamos en la noche y el resultado fue el mismo. Al tercer día, en vista de que no habíamos podido comunicarnos telefónicamente con ella, resolvimos ir hasta su barrio. Tocamos muchas veces la puerta de su casa y nunca nadie respondió. Una vecina nos dijo que creía que la mujer andaba de viaje, pues la había visto salir de madrugada con una maleta. Esta información nos puso muy nerviosos porque faltaban escasos días para la representación.

Dos días antes de la performance, la costurera al fin atendió el teléfono. Nos dijo que estaba llegando de Caracas adonde había viajado para proveerse de más telas, y que al día siguiente, muy temprano, nos haría entrega de sus creaciones. Fuimos al día siguiente a su casa; tocamos, tocamos, tocamos y nadie salió. Nuevamente nos invadió el terror. 

Llegó el día del evento y aún no teníamos los trajes. Yo estaba pensando suspender la actividad cuando me llamó José para darme una buena noticia: la mujer lo había llamado y le había asegurado que le estaba dando los últimos toques al vestuario, el cual nos entregaría a las tres de la tarde. Ella misma lo llevaría al museo. Al saber esto suspiré aliviado y el alma volvió a tomar su lugar en mi cuerpo.

Citamos al elenco a la hora que debía llegar la mujer, para hacer la prueba de vestuario y hacer un ensayo final con él. Pero no, la mujer no llegó a esa hora. No, ni a la siguiente, ni a la siguiente. Decidimos llamarla desde el monedero del corredor. En vista de que nadie cargaba monedas de un bolívar tuvimos que cambiar una moneda de cinco en la alberca de los deseos que había,en ese entonces, en el jardín del museo, donde ya se habían dispuesto los monitores y las luces requeridas para la puesta en escena. Tomamos cinco monedas y una la devolvimos pronunciando un deseo, el cual pensamos que comenzaba a cumplirse cuando la mujer atendió el teléfono y dijo que iba saliendo a hacernos entrega de sus “creaciones”, como le gustaba referirse a los trajes. 

Se hicieron las seis y la mujer aún no había aparecido. Los que sí comenzaban a llegar eran los invitados. El acto estaba pautado para las siete y cuando el reloj marcó esa hora la mujer seguía sin dar señales de vida. Qué pena con los invitados, qué pena con la señora que coordinaba el museo, qué pena con la señora Herrera si se enterase que aquella costurera irresponsable usurpaba su nombre, pensé. 

A las ocho de la noche, sentado entre el público, simulando serenidad, vi pasar, hacia la biblioteca, que hacía las veces de camerino, a alguien con una bolsita de la Casa Japonesa. “Ese debe ser parte del vestuario.Por ahí debe venir la costurera cargada de más bolsas”´,supuse y me fui a toda prisa a la biblioteca. “Qué alivio”, dije al entrar, pero la expresión funesta del director y de los actores me heló la sangre. “¿Qué sucede, José? Por Dios, no me asusten. ¿Qué venía en esa bolsa?”. José me lanzó la bolsa, yo la atajé al tiempo que él me decía: “Míralo con tus propios ojos”. Abrí la bolsa y vi unos shorsitos mal cosidos, de los cuales pendían unos trapitos como esos que hay en las cocinas para agarrar las ollas calientes. Lancé al aire la bolsa como si estuviera llena de explosivos. “¿Qué es esto? ¿Se están burlando de mí?”, pregunté entre risas nerviosas. “Ese es el vestuario, poeta. Ese es el vestuario que envió la costurera”. Yo, al borde de un colapso nervioso, alcancé a decir: “No puede ser. ¿Dónde están las largas capas de tela cortadas al bies, estilo Priscila la reina del desierto, que nos prometió la divinona? ¿Qué se hicieron los leotardos tornasolados y las mallas con lentejuelas en degradé?” Entonces me derrumbé sobre una silla. 

A través de las lágrimas, que comenzaban a empañar mi visión, divisé la figura de una querida amiga, la pintora Haydee Granadillo, quien había acudido a la biblioteca escoltada por el pintor Erwin Dovale, a pedir explicaciones por la tardanza del espectáculo, pues el público se estaba impacientando. José les explicó lo que estaba sucediendo, porque yo hice el intento de hablar y no pude articular palabra. “¡Todo va a salir bien, mi Jose”, me dijo Haydee, convirtiendo, como siempre, mi nombre en palabra llana. “Anda, vuelve al patio. Siéntate relajado en tu puesto, que nosotros nos encargamos de todo”. 

*

Media hora más tarde todas las luces se apagaron y bajo un reflector, que se encendió de repente, apareció mi bella amiga Arianny Valles para dar la bienvenida. Luego desapareció como un hada y se empezó a escuchar la música de ChemicalBrother. Cuando aparecieron los actores yo no podía creer lo que veía. Haydee y Erwin habían desplegado todo su talento para crear en los actores los más bellos maquillajes corporales que yo haya visto en la vida. Aquel museo se vino abajo en aplausos, como también sucedió minutos después, al momento en que un actor declamaba un fragmento del cuarto poema del libro, que dice: “Ahora que las canas se me vuelven corales/ no arremolines el agua,/ para que mis peces,/ al despertar sin sobresaltos,/ me duerman con cantos de otros mares”.

Ahí, durante declamación de aquellos versos, justo cuando el actor pronunció la palabra agua, se encendieron todos los monitores dejando ver en ellos ingentes cardúmenes de peces que se multiplicaban mientras iban de un lado a otro, realizando curiosas formas, al compás de la música electrónica. 

Todo iba saliendo a la perfección, pero al inicio del último poema los actores parecían haber olvidado la letra. Intentaban pronunciar correctamente el nombre del personaje mitológico sobre el cual trataba el poema, pero no atinaban: “Jaminto”, dijo uno. “Aminto”, susurró otro. “Alinto, Alinto”, dijo angustiado un tercero. Yo, muy nervioso, desde el público lancé un grito para corregirlos: “¡HIACINTOOO!”. La audiencia quedó atónita. Se escucharon unas murmuraciones y unas risitas. “Qué pena”, escuché decir a alguien de la fila de atrás. “Sí, qué pena”, secundó otra voz. Pero a mí no me importó. Me levanté de mi asiento y rápidamente caminé por el corredor de romanillas, abrí una ventana ubicada cerca de los actores, me asomé por ella y dije con voz potente y didáctica: “¡Hiacinto! ¡Hia-cin-to!”. Luego agregué: “¡Hiacinto tenía los dedos caudalosos,/ su voz era un leve murmullo de arrecifes en su pecho,/ gota índiga,/ cielo sugerido en los rezos de su estirpe…”. 

Todo lo hice tal cual me lo había indicado el director, mi talentoso amigo José Gómez. Tuve que parar por un momento porque cuando el público se dio cuenta de que lo habíamos engañado y que yo era parte de la performance comenzó a aplaudir enardecido. Desde entonces cada vez que pronuncio la palabra agua pienso en aquel momento y en aquellos aplausos multiplicándose al final, como los peces.



Fotografías: Edward Guanipa



José del Carmen Barroso 




Nació en Mirimire, estado Falcón, Venezuela (1968). Es autor de los libros de poesía De aguas (2002), Pantera de Java (2004), Diario de los Santos (2013). Con el heterónimo de Anastasio Morales publicó el poemario Rinocerontes, corazones y otras formas de equipaje (2018). También es autor del libro de relatos Crónicas de Narragonia (2015); y del libro de investigación literaria Poetas que viajan en la voz de un animal (2015). Tiene publicada en línea la  novela Hola, Loco; y la obra de teatro Mangos (2017).