La Casa Vieja, Casa Museo

“Cronista sentimental de Cordero y Creador de Cordero Historia”


Cada nación, cada estado y cada pueblo cuenta con sus costumbres, tradiciones, folklore, mitos y leyendas, sus personajes históricos, sus personajes populares, su gastronomía, pero también con sus edificaciones y casas antiguas, tal es el caso de “La Casa Vieja” ubicada, en Cordero estado Táchira.

Mi padre Carlos y mi madre Yoliver, en su afán de adquirir un pedacito de tierra, aparte del que ya tenían, se dieron a la tarea de buscar terrenos en Cordero, por allá en el año 2000, muchos fueron los que vieron, pero por diferentes razones no podían concretar la compra de uno, ambos educadores y muy conocidos en el pueblo, montaron una tienda de prendas y uniformes escolares, motivado a esto, casi siempre viajaban a San Cristóbal, con el fin, de comprar camisas, franelas,  pantalones, jumper, faldas y todo lo relacionado con aquella tienda, ubicada en pleno centro de Cordero, en una de esas tantas idas a la capital tachirense, un lunes bajando por la avenida Cristóbal Mendoza, en dirección a la vía que lleva a San Cristóbal, se toparon en el camino con una pared que decía “se vende esta casa”, específicamente entre las calles 9 y 10, pararon el burrito en el que andaban, apodo que con cariño recibía aquel Dodge Dart blanco año 1971, propiedad de mis padres y único medio de transporte para todos nosotros, al leer aquel aviso, mi padre puso el pie en el freno, paró el vehículo, se estacionaron y se bajaron a averiguar, allí existía un local con una antigua marquetería, recuerdo aun a su dueño, un señor moreno, alto y de lentes, ellos lo saludaron y empezaron a hacerle peguntas, las cuales el respondía, ¿está en venta la casa?, sí, si está en venta, ¿Usted es el dueño? No, es una señora que vive en Táriba y que lleva por nombre Balvina, ¿nos puedes dar el número?, claro, es este, ¿podemos entrar a mirar la casa?, claro, pasen, abrió una puerta de madera antigua y pasaron a ver la propiedad, se encontraron con una casita vieja, las paredes de bahareque, techo de teja y zinc, pisos de cemento y tierra, un viejo baño, un viejo  lavadero, una vieja cerca en el piso y un pequeño terreno que hacía de solar, pero lo que más le impresionó a mi padre fue una gran pared de barro con cepa de piedra que cubría gran parte de aquella casita… Observaron durante unos minutos, dieron las gracias al señor y se retiraron, fueron a la ciudad de San Cristóbal, realizaron las diligencias que tenían que hacer y en horas de la tarde llamaron por teléfono a la dueña de la casa, hablaron unos minutos y quedaron en que el miércoles ella subía en la mañana para conversar el precio, además de otras cosas.

Mi madre, esa noche fue testigo de cómo mi padre en horas de la noche, se dirigió a dicha vivienda con pintura y brocha en mano, con el único propósito de borrar aquel aviso de “Se Vende” pintado en la pared, para que nadie lo viera.

El miércoles llegó, y a eso de 10:30am, llegó la señora, resulta que aquella señora no era la dueña, sino una de las tantas dueñas y dueños que tenía dicha propiedad, la verdadera dueña, era su madre, una viejita de 103 años de edad, quien a pesar de esa avanzada edad, aún estaba lúcida pero un poco sorda.

Hablaron un par de minutos allí en la acera de la casa y posteriormente entraron por la puerta principal, una puerta de las viejas, grande, de madera, descuadrada y carcomida por la polilla, como cosa curiosa en ese mismo instante, llegaron varias personas a averiguar también por la casa, con intenciones de comprarla, mi madre ya había entablado conversación con la señora y los otros potenciales compradores abordaron a mi padre, pensando que él era el dueño de la casa, empezaron a realizarle preguntas, las cuales eran respondidas con un toque especial de picardía o malicia, con el único fin de que se marcharan y borraran de sus planes adquirir aquella vivienda.

Una vez solos con la señora, pudieron hablar bien, ella les manifestó que la propiedad  era una sucesión que sumaba un total de once, entre herederos y coherederos. 

Una vez más el destino parecía poner trabas a mis padres en su propósito de adquirir un terrero, pero esta vez, estaban decididos a comprar aquella vieja casita, no tanto por la casa, sino por el sitio donde se encuentra ubicada, a saber, en pleno centro de Cordero, fue un reto grande y tedioso, pero nada los frenó, los trámites duraron alrededor de un año, pues habían muchos problemas, y cuando se resolvían todos, aparecían otros y así sucesivamente, hasta que por fin todos los herederos y coherederos firmaron en el año 2002 la venta de aquella propiedad.

Aquel día hubo celebración en esa casa, pues ya era nuestra.

Después de la compra se empezaron a realizar diferentes modificaciones, la idea original de mis padres era construir una posada turística, pues Cordero es un pueblo con un amplio potencial turístico, pero prácticamente sin posadas que den servicio a los visitantes que aquí llegan, se ha tratado por varios medios pero por diferentes razones no se ha podido llevar a cabo este gran proyecto.

El nombre de La Casa Vieja, proviene de la siguiente anécdota: nosotros vivimos en una casa moderna, cerca de la Iglesia María Auxiliadora, los fines de semana siempre nos trasladábamos a la casa recién adquirida, diciendo voy a La Casa Vieja, también, cuando alguien preguntaba ¿dónde están? La respuesta era automática, estamos en La Casa Vieja, y es así que aquel pedacito de tierra, quedó bautizado con ese nombre.

Pasaron los años y poco a poco se fueron haciendo diferentes modificaciones, hasta que en el año 2013, aprovechando el ambiente antiguo, y la pasión por el coleccionismo de mi padre y la mía propia, se decidió hacerle unos arreglos considerables a dicha estructura, en pro del esparcimiento familiar, se realizó un muro, se replanteó el terreno, se hicieron dos pequeños jardines, una taberna rústica con madera , una estufa y un horno con ladrillos rústicos, todo esto por supuesto contrasta con aquella pared de barro y cepas de piedra de la cual ya hice mención. Aunado a esto, decidimos tomar en serio y como parte de nuestras vidas aquel hobby tan genial de ir coleccionando piezas antiguas, que adornen y embellezcan aquella casa de vieja data. 

Y así fue, empezamos a viajar, a buscar, a intercambiar y a comprar diferentes piezas de colección, esto derivó en que la casa está llena de cosas hermosas.

Al entrar a La Casa Vieja, nos dan la bienvenida los tres más grandes majaderos de la historia, Jesucristo, Don Quijote y nuestro Libertador Simón Bolívar, en ese trayecto podemos apreciar varias pinturas y un par de espejos y candelabros que están en una pared de bloques de adobe muy antigua, si seguimos caminando, nos encontramos con unas maletas viejas encima de una pared que divide el garaje de la entrada, y posteriormente está el patio principal, donde podemos apreciar una victrola, lámparas Coleman, planchas de hierro, de carbón, de gasolina, eléctricas, maletas de cuero, de plástico, neceser, televisores a blanco y negro de tubos y transistores, radios, grabadoras, máquinas de escribir, máquinas de mano, baúles, romanas, pesos, avisos, llaveros, destapadores, latas de aceite, latas de leche, latas de galletas, sombreros, ruanas, herramientas como barrenas, palas, canaletes, picos, serruchos, tenazas, hoz, bombas, fumigadoras, gaveras de madera y de plástico, unas 500 botellas antiguas de cervezas y refrescos nacionales, vasos, posavasos, tarjetas, termos, copas de vidrio, latas de cervezas y refrescos, y muchas cosas más…

Lo más preciado de la colección “La Casa Vieja” es un pilón de más de 100 años de antigüedad, perteneciente al señor José Mora, mi bisabuelo, una máquina de trillar café, marca “Furica” hecha en San Cristóbal, encontrada en una finca de Santa Ana, una gavera de madera de refrescos “Jota” verde con letras rojas, única en Venezuela, conseguida en uno de esos tantos caminos reales de nuestro estado Táchira y una botella de Refrescos Bernotti de Puerto Cabello, edición especial, extremadamente rara y difícil de conseguir donada a la colección por el señor Blas Patrizzi, en celebración de mi cumpleaños.

Quiero destacar que lo más bonito de todo esto es la historia que cada objeto tiene atrapada en su interior, de allí surgen preguntas, como: ¿Quién tomaría de esa botella? ¿Quién utilizaría esa maleta? ¿A quién le cortarían el cabello con esa máquina? ¿Quién pesaría con esa romana? ¿Quién habrá visto televisión en este televisor? ¿Quién habrá planchado con está plancha? ¿Quién se habría alumbrado con esa lámpara? En fin, preguntas que hacen retroceder en el tiempo e imaginar muchas cosas, pues la historia de nuestros pueblos se construye con su gente y sus quehaceres cotidianos. 

La Casa Vieja es sinónimo de paz, de tranquilidad, de perfecta armonía, es un lugar mágico e indescriptible, con una vibra única e inigualable,con ese olor a lo antiguo, a lo añejo, ese olor que invade y que penetra con su fragancia, donde lo antiguo y lo moderno se fusionan perfectamente. Es un lugar con historia, la propia, aquella que va creciendo día a día, con su andadura en el tiempo y con el aumento de sus piezas,pero también es un lugar, donde celebramos fiestas, especialmente de 50 años, fiestas retro y reuniones navideñas, un lugar que nos invita a disfrutar y a degustar de todas las bebidas típicas tachirenses, de su michesito andino, sus mistelas, sus ponches, y su tradicional calentao, haciendo referencia a aquel famoso dicho que dice, “Es en Cordero donde empieza la ruta del miche”.
 

 Fotografías de la Casa Vieja
 










Carlos Buitriago



San Cristóbal, estado Táchira, Venezuela (1988). Licenciado en Educación, Mención Integral. Magister en Gerencia Educativa. Diplomado De Cronistas Comunales por en Centro Nacional de Historia. Cronista Sentimental de Cordero y Creador de Cordero Historia, Cordero y Su Historia y @HistoriaCordero. RRSS encargadas de desempolvar nuestras historias locales y de ir tejiendo las redes de los tiempos de nuestra bella población andina.