La tradición del Día de Muertos y la literatura: un viaje a través de la poesía mexicana, de la mano de Johann Romero Ayala.


Verónica Vidal: Háblanos acerca de cómo se relaciona la tradición del Día de Muertos con la literatura mexicana. 


Johann Romero Ayala: Era de madrugada cuando mi abuelo, con sus ciento y pico años, se despertó y le dijo a mi tía: “Carmen, parece que tocan la puerta… parece que es tu madre”. “No hay nadie, Papá”. “Parece que vienen cansados, ofréceles tantito té”. “Pero, Papá…”. A la mañana siguiente, mi abuelito había fallecido. Desde ese día hasta hoy, mis tíos y yo le hacemos un camino de cempasúchil. Los relatos íntimos de familia, como cuadros dentro de una sala, pertenecen a la complicidad y a la cercanía; en el fuego de la confianza, los seres humanos nos desnudamos cuando retratamos nuestro pasado. Al pensar en la literatura relacionada al Día de Muertos, en primer lugar, pienso en la oralidad de los relatos, en las historias de cada uno de nuestros muertos, contadas con una voz evocadora, susurrante y de añoranza. Podríamos llamar a esta literatura, una literatura de casa, es decir, de la intimidad de los hogares.

Puesto el sentimiento en papel, uno de los primeros poemas que viene a mi memoria es Elegía interrumpida, de Octavio Paz en el que enumera la pérdida de sus seres cercanos:

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

Al primer muerto nunca lo olvidamos,

aunque muera de rayo, tan aprisa

que no alcance la cama ni los óleos.

Oigo el bastón que duda en un peldaño,

el cuerpo que se afianza en un suspiro,

la puerta que se abre, el muerto que entra.

De una puerta a morir hay poco espacio

y apenas queda tiempo de sentarse,

alzar la cara, ver la hora

y enterarse: las ocho y cuarto (1). 

 

Los recuerdos ocupan cada rincón de nuestra casa y la llenan de presencias invisibles. El poeta Tabasqueño, José Carlos Becerra, dedica Oscura palabra (1965), poema hecho en siete partes, a sus hermanas por el fallecimiento de su madre: 


madre, madre,

nada nos une ahora, más que tu muerte,

tu inmensa fotografía como una noche en el pecho,

el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad,

tu única voz es el silencio de tantas voces juntas (2).


Y más adelante nos entrega una imagen terriblemente bella: 


ahora un poco de flores para mí

de las que te llevan,

también en mí hay algo tuyo a lo que deberían llevarle

flores

ese algo es el niño que fui (2).


El rostro de la muerte es diferente para cada quien. Para Xavier Villaurrutia es más bien una entidad deseada y esperada. En su libro Nostalgia de la Muerte, Villaurrutia dota a la muerte de cualidades humanas y es en la Muerte donde encuentra el sentido de la vida. Su “Décima Muerte” lo atestigua así: 


I

¡Qué prueba de la existencia

habrá mayor que la suerte

de estar viviendo sin verte

y muriendo en tu presencia!

Esta lúcida conciencia

de amar a lo nunca visto

y de esperar lo imprevisto;

este caer sin llegar

es la angustia de pensar

que puesto que muero existo (3).


El último verso es un oxímoron, esto es, una idea que se compone del contraste de dos significados que, por sí mismos, actúan como contrarios, en este caso: vida y muerte. Ambos elementos se juntan y generan un tercer sentido: la muerte como vida. Octavio Paz considera que “el poeta desea encontrar en la muerte (que es, en efecto, nuestro origen) una revelación que la vida temporal no le ha dado: la de la verdadera vida” (4). 

La complejidad de los contrastes en la literatura mexicana tiene en sus letras una de las mayores expresiones poéticas en Muerte sin fin, de José Gorostiza. El título alude a este caer en espiral, una y otra vez, en una muerte que no termina, que se repite, sin fin. La gran protagonista en este poema es el agua, el agua como símbolo de la poesía (bueno, podemos decir que es eso y más); y el vaso, el vaso como representación de la forma, donde “se asienta, ahonda y edifica”. En la parte central hay un pequeño interludio que dice: 


Sabe la muerte a tierra,

la angustia a hiel.

Este morir a gotas

me sabe a miel.


Ay, pero el agua,

ay, si no sabe a nada.


 [BAILE]

Pobrecilla del agua,

ay, que no tiene nada,

ay, amor, que se ahoga,

ay, en un vaso de agua (5).


Dejemos que sólo la sonoridad del poema nos envuelva, y después, atemos significados, ya que, esas palabras: “sabe la muerte a tierra”, en estas fechas otoñales y de invierno, son un espejo. 


V.V: Háblanos del tratamiento de la muerte en la literatura actual.


J.R.A: La muerte en nuestros días es cada vez más violenta. Estamos inmersos en una sociedad que duele, amenaza y sangra. Es imposible no hablar de la crueldad de este país cuando cada día, un nombre más, desaparece de sus familias. Sara Uribe escribió en 2012 su poemario Antígona González donde relata la dolorosa búsqueda de Antígona por encontrar a su hermano Tadeo. Me parece imprescindible leer con ustedes el inicio de este libro: 


          Instrucciones para contar muertos

Uno, las fechas, como los nombres, son lo más

importante. El nombre por encima del calibre de

las balas.


Dos, sentarse frente a un monitor. Buscar la nota

roja de todos los periódicos en línea. Mantener la

memoria de quienes han muerto.


Tres, contar inocentes y culpables, sicarios, niños,

militares, civiles, presidentes municipales, migrantes,

vendedores, secuestradores, policías.


Contarlos a todos.


Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría

ser el mío.


El cuerpo de uno de los míos.


Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre

son nuestros cuerpos perdidos.


Me llamo Antígona González y busco entre los

muertos el cadáver de mi hermano.

Soy Sandra Muñoz, vivo en Tampico, Tamaulipas y

quiero saber dónde están los cuerpos que faltan. Que

pare ya el extravío.


Quiero el descanso de los que buscan y el de los que

no han sido encontrados.


Quiero nombrar las voces de las historias que ocurren

aquí (6).


Esta es la realidad para muchas familias: la tragedia de no encontrar a sus muertos. Aunado a ello, pienso en el dolor de las familias de los 43 normalistas que buscan a sus hijos desaparecidos; en la tristeza de las personas, que salen, día a día, con la esperanza de tener noticias de sus seres queridos. 


V.V: Además de la riqueza literaria que nos has compartido en esta oportunidad, ¿podrías recomendarnos algunos otros libros?


J.R.A: La celebración de día de muertos nos emociona. Trae a nosotros colores amarillos y anaranjados envueltos en recuerdos y festividad; coloca en los manteles con papel picado platillos de comida, fruta, pan de muerto, un vaso de agua y muchas fotografías. Cada estampa de esta época evoca una compañía: la compañía que permite que confluyan en un mismo espacio y tiempo vida y muerte. No hay diferencia. Ambos mundos se hacen uno solo. Todos, o casi todos, hemos experimentado esa compañía invisible que nos acompaña. ¿Verdad? La evocación y el recuerdo nos da calor y color; pero al mismo tiempo que se celebra, se nos dibuja en nuestros rostros un halo melancólico, una tierna sonrisa triste o una lágrima que se escapa. “La noche de fiesta es también noche de duelo” (7). Parece que, como mexicanos, vivimos todas la emociones y estados: alegría y tristeza; fiesta y duelo; vida y muerte, en un sólo instante, en un sólo momento. 

Mis últimas recomendaciones para este brevísimo recuento de poesía y libros en torno a la figura de la muerte es, en primer lugar, la Amada Inmóvil, de Amado Nervo, que como él dice: “Éste es el libro de mi dolor: /lágrima a lágrima lo formé”. En segundo lugar, no me resta más que decir que en vez de leer, escuchemos las palabras que arrebolan en estos días, las historias de familia, las historias de la ciudad, de los amigos o, mejor aún, del silencio habitado en nuestras casas. 


Referencias:

1. Octavio Paz, 1974: Elegía interrumpida, fragmento.

2. José Carlos Becerra, 2008: Oscura palabra, fragmento.

3. Xavier Villarrutia, 2014: Décima muerte, fragmento.

4. Octavio Paz, 1981: El laberinto de la soledad, página 65. 

5. José Gorostiza, 2007: Muerte sin fin, fragmento.

6. Sara Uribe, 2019: Antígona González. 

7. Octavio Paz, 1981: El laberinto de la soledad, página 55.


Johann Romero Ayala



Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido becario en el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas. Fotógrafo en el proyecto Historias de las literaturas en México: siglos XVI-XVIII de dicho Instituto. Sus líneas de interés son la poesía como forma de resistencia en situaciones de violencia, vinculaciones entre arte y literatura, fotografía y crónica de la ciudad.