PAN DE LOS MARES


     El amolador de cuchillos se siente ungido más allá de sus fugitivas estrellas cuando dice: “Las sardinas nacen en el cantábrico”. Y un sembrador de alcachofas le responde que son originarias de África, mientras un vendedor de cobijas y sábanas jura conocerlas desde su infancia en las riberas de un mar rojo.

     En ese contrapunteo de las aguas busco en mi memoria la multiplicidad de una escama viva en el oscuro mundo de las corrientes. Allá donde las sardinas son el pan de los mares, y un dios antiguo señala su fulgor en el nombre de los grandes abismos para que lo humano de la tierra busque su esencia mar adentro, en playas, quebradas y orillas del planeta.

      Atadas a su destino, cruzan la costa donde alguna vez Ulises creyó llegar al fin de la tierra. Ellas en su periplo dejan rastros, dibujos, ramas, aves, dioses.

      Así crecen, escriben con sal la angustia del hombre y son visibles como un maná venido de lo más profundo. En África nadan por un sol de islas y el aire de otros continentes les anuncia el designio de los astros, mientras fundan su ardentía (una hoguera sobre las aguas).

      En su afán de que el hombre no muera, multiplican sus cuerpos, se esparcen por los mares nombrados y mares solo vistos por pájaros y deidades.

   Ese pan de Dios que son las sardinas, apenas llegan a nuestras costas (aquí nacen de nuevo) son otras, respiran distinto, alimentan más, mientras el sol del Caribe las reverencia por su instinto de sacrificio.

    Tan plena es su misión de ser útiles al universo que a veces de un mar afuera regresan a ciertas corrientes para ser ellas mismas quienes saltan a las redes de los pescadores, tanto saben dónde son necesarias que llegan por voluntad de un misterio abiertas como alas de pájaros a las piedras y al fuego del hombre.

     Las sardinas del Cantábrico, las de África, las del mar Rojo y las de Boca de Uchire, todas aguardan un tiempo lunar, y en su fiesta astral reciben a las sardinas de los nacientes, lagunas y quebradas (el diminuto pez de los montes) todas envueltas en otras aguas con los nombres de sus ríos.

   De ese encuentro se oyen historias de arrecifes, delfines y deslaves, movimientos de enormes piedras y la voz del viento cuando funda otra playa.

      Infinita es la ardentía en esos días, centenares, miles, millones de sardinas dentro y sobre este mar hacen visible la isla de Cubagua. En ese luminoso instante de los peces se puede leer en la savia del cactus, el mito de Amalivaca, junto a los misterios de una tierra llamada de gracia.

        Regreso a la escritura de estas aguas y vuelvo a oír al amolador de cuchillos. Grabo la voz áspera del sembrador de alcachofas mientras el marchante libera la pulcra sábana bordada por mujeres del Nilo con pequeños delfines (sardinas del mar Rojo) y un carpintero de rivera mide en arcos de cedro el curso de las estrellas.

       Aquí fundo mi esperanza, donde el hijo de Dios divide el sagrado cuerpo de un pez sobre la mesa del universo y el corazón de cada ser alcanza el pan de los mares su astilla de cielo.

Antonio Trujillo




San Antonio de los Altos, Venezuela (1954). Artesano, poeta, maestro honorario de la Universidad Nacional de las Artes. Ha publicado en poesía De cuando vivían los pájaros y otros poemas, Vientre de árboles, Taller de cedro, Blanco de orilla, Unos árboles después, Ballestía, Hilo de pájaro y Malvasía. También es autor de los libros Testimonios de la niebla (voces de altos mirandinos), Regiones verbales y Crónica y comuna. En 1983 formó parte del taller de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos coordinado por Juan Sánchez Peláez.  En 2012 ganó el premio de literatura Stefania Mosca mención poesía con Hilo de pájaro. Actualmente coordina el diplomado para la formación de cronistas comunales con el Centro Nacional de Historia y el Instituto de Investigaciones Científicas IVIC. Es el cronista oficial de San Antonio de Los Altos y  director de la Revista Nacional de Cultura.


Fotografía de portada: Jenifeer Gugliotta Guedez