La locura arltiana

 Esta ciudad tiene materiales vivientes

para confeccionar todo género de locuras.

Roberto Arlt

 

    Desde que vivo en Buenos Aires, la gente desconocida se me acerca. Turistas extraviados me piden que los oriente, como si no existiera el bendito Google Maps.

    Sin ir muy lejos, el otro día, parado en un semáforo de la 9 de Julio, alguien me tomó del codo, con sutileza. No tenía aspecto de turista, aunque podía serlo de un lugar insospechado. Me pidió la hora. “Las 20:02”, le dije. “No”, dijo él, “La hora en que empieza la noche”. El semáforo enseguida cambió, y yo emprendí la caminata al otro lado, dejando atrás a ese hombre que se quedó parado ahí, como esperando que alguien se dignara responderle.

    Los desconocidos siempre han hecho contacto visual cuando los he mirado más de la cuenta. Me han devuelto la mirada y han sonreído con extraña complicidad. Hace unos años, a bordo de un colectivo que solía frecuentar, miré por la ventanilla a Henry (ignoro por qué le puse ese nombre, supongo que tenía cara de Henry). La primera vez que lo vi fue en Talcahuano. Henry dormía en un colchón tirado en la vereda, delante de una tienda de colchones. Por supuesto, el suyo estaba roto y manchado, aunque Henry se esmerara en cubrirlo, con sábanas también rotas y manchadas. Fue un instante, pero a partir de aquel primer contacto visual, ya no dejamos de mirarnos. Pasaba yo al bordo del 39 (creo recordar que era esa la línea), y entonces Henry, al verme, con la camisa desabotonada y sus mejillas cóncavas, llevaba un pie adelante y atrás como si bailara StayingAlive. Tal vez Henry acostumbrara hacer ese paso cada vez que el colectivo se detenía frente a él, cuando el semáforo enrojecía. Tal vez el baile no era un saludo o una clave para mí, sino para todos los pasajeros, público itinerante que no volteaba a mirarlo. Pero yo sí, yo sí que lo miraba, incluso después de que el colectivo reanudaba su marcha, lo observaba concentrado en su baile, en sus ojos mirándome y sus labios inquietos.

    No hace mucho, volví a pasar por Talcahuano en el mismo colectivo, pero Henry no estaba. Tampoco su colchón ni el resto de sus cosas. La vereda frente a la tienda de colchones yacía despejada, y era ahora el escenario de un serio policía. Rígidos y serios policías se han multiplicado en las calles de Buenos Aires, y yo me sigo preguntando qué habrá sido de Henry, si nuestras miradas volverán a encontrarse, si seguirá bailando pese a todo.

 

     Pero también me he preguntado por Alberto, aquel simpático mozo del café Saint-Michel, en Suipacha y Bartolomé Mitre, hoy envuelto por carteles inmobiliarios de venta. Alberto era Alberto; él mismo, sin que yo se lo pidiera, me decía su nombre cada vez que le pagaba el cortado chico, y yo regresaba al Centro de copiado, uno de mis trabajos de entonces. “Che, qué bueno que viniste”, decía él con el rostro iluminado, “Decile a Sabrina que Alberto le manda saludos”.

    Recientemente le hablé a Paula de la tremenda confusión de Alberto, pero no pareció sorprenderle. Se limitó a decir que el nombre “Sabrina” le parecía horrible, y luego se marchó y me dejó solo pensando en Alberto, en con quién pudo haberme confundido, y por qué decidí seguirle el juego. Por qué no le dije que mi nombre real es Aparicio, y que mi novia real se llama Paula, y no Sabrina, y que ella, Paula, raras veces se sorprende de la locura arltiana que en Buenos Aires persiste, tal vez porque la ha visto desde niña, porque ha venido creciendo dentro de ella, como yo en la locura venezolana, hasta que vine a su país y las locuras se mezclaron.

    Pero claro, Sabrina bien podía no ser mi pareja, sino una hermana, una amiga en común o una ex de Alberto. Incluso podía ser nuestra madre, y yo un hermano al que odia y venera, al que siente que algo le debe, algo abstracto que desde siempre lo esclaviza. Un hermano menor, que ostenta un improbable poder. Alberto tenía aspecto de hombre de cincuenta y pico. Es decir, debía de tener unos quince o más años que yo, y, como he perdido el acento y he mezclado las locuras, era poco probable que él reparara en mi origen.

    De igual modo, no hablábamos casi nada. Él venía a mi mesa, a toda velocidad y contento. Yo hacía el pedido, él se iba a buscarlo. Minutos después él volvía, desbordado de contento y mientras yo le pasaba el billete, él le mandaba saludos a Sabrina. Y eso era todo.

    Sin proponérnoslo, entre él y yo establecimos un pacto: la confusión a él lo hacía feliz, y a mí de algún modo también, porque me permitía simular, fingir, “hacer literatura”, digamos, aunque después de abandonar el Saint-Michel lo que hacía era sacar fotocopias, interminables fotocopias… “Che, qué bueno que viniste. Pero, ¿qué viniste a hacer acá?”, imagino a un Alberto enterado, preguntándome entonces. “Vine a hacerme escritor. Es decir, hago fotocopias”.

 

    “Una buena manera de convertirse en escritor es no querer ser escritor”, dice el chileno Alejandro Zambra. Y es como si dijera que de tanto quererlo, ya no lo queremos. Peor: de tanto intentar justificar que lo queremos, acabamos aburridos, faltos de sustento. Y es que es frecuente confundir las ganas de escribir con escribir. Como también lo es el entusiasmo desmedido, de una sola dirección, irremediablemente destinado a la sensación de fracaso, de goce improductivo, si el propósito es más fuerte que el hábito.

    Hablar de esto me hace recordar algunas tardes en Constitución, leyendo material que los dueños de “StudentCruise” repartían entre los desinformados extranjeros: Guerra de Malvinas, dictadura militar, la posterior y siempre tardía democracia…

    Y recuerdo las horas en el barrio de Palermo, atrincherado en el cine y en los discos, desempolvando reseñas que leía como novedades, atendiendo a las numerosas recomendaciones de amigos. Y, vuelto un seguidor anacrónico, un fanático pasado de moda, me apresuraba. Como un idiota esperanzado, Dios mío, me apresuraba. Daba zancadas en la pista en la que ya nadie corría. Entrenaba sin pausa para estar a la altura del pasado (¿de mi segundo pasado?). Porque además de leer a los venezolanos y no venezolanos que no había leído, también leía a Arlt, a Borges, los diarios de Alejandra Pizarnik, a Gombrowicz y algunos otros.

    Leía en el altillo de Boedo, en la casa compartida con artistas esmerados en delinear sus pinturas durante fines enteros de semana (suspendidos en el humo de la marihuana e inspirados por el Dylan de BlondeOnBlonde), suplementos del domingo, de los domingos anteriores, de los malditos domingos del siglo veinte. Y entonces subrayaba, recortaba, memorizaba, almacenaba… y suspendido y bien fumado desechaba, comparaba, anotaba… Desesperado, buscaba darle coherencia a mi engendro, hallar una síntesis portátil de defensa. ¿De defensa ante qué, si en doce años la sobremesa aún es abrumadora?

    No alcanzan las redes arrojadas a destiempo. Lo que fue se renueva y escabulle con pasmosa velocidad, como un tiburón al que sólo puede vérsele la aleta. Hubo un tiempo en que estuve persiguiendo la aleta. “Aunque continuase leyendo a diario durante el resto de mi vida, seguiría estando rezagada”, escribió Sylvia Plath.

    Después de todo, ser un rezagado quizás tenga una ventaja: permite trazar un derrotero propio. Ahí donde ya no se mira con fervor, el rezagado continúa descubriendo, o en eso me gustaría creer. En eso creo, como creo también que vivir rezagado, por más extraño que parezca, es vivir dando pasos al frente, desobedeciendo el zumbido crítico de las moscas del momento, ensañadas en torcer la mirada hacia “lo último”.

 

    “Creo que sin fe no se hace nada en la vida. Tengo fe en el arte, y me gusta mucho el verbo creer. En general, cuando alguien dice , es que no sabe, sino que cree”, dice Enrique Vila-Matas.

    Sé (creo) que estoy en el Café Islandia, diminuto y casi desapercibido establecimiento sobre Avenida Las Heras. No hay absolutamente nadie en las seis mesas a mi alrededor, que hace rato que estoy instalado junto al ventanal, intentando no desviarme demasiado en lo que escribo.

    Y miento, sí hay alguien, pero no ocupa ninguna de las mesas. Es Jessica, la moza, errando sigilosamente de aquí para allá como si estuviera encerrada en una celda. Una celda de cuatro por cuatro o de seis por seis, provista de diarios del día distribuidos arbitrariamente (o no) en cada una de las mesas. Sé (creo) que a Jessica le debe extrañar que alguien venga a escribir al Islandia. Y más extraño le debe resultar que quien escribe la espíe con descaro, como si él, el único a esta hora en el Café, estuviera aquí para escribir sobre ella; para construir una minuciosa representación de ella y de lo que hace o no hace en el Islandia, completamente vacío al mediodía.

    El que no venga nadie un sábado, y menos a almorzar, a Jessica la pone nerviosa. Es simple: teme que el Café se venga a pique y ella perder el trabajo, cosa que le viene sucediendo desde antes, por motivos más o menos explicables y por otros que, según Jessica, obedecen a su propia superstición.

    Según Jessica, si el lugar en el que está decae hasta el cierre definitivo, puede deberse a dos posibles causas: el flagelo de la crisis económica, o un nuevo llamado del destino. Sobre lo primero no hay mucho que decir. Sobre lo segundo quizás sí, y es que Jessica sabe (cree), que es el destino el que la empuja (o redirige) hacia el objetivo principal. Es decir, según Jessica, cada vez que ella consigue establecerse en la heladería, la farmacia o la tienda de la estación de servicio, el destino insiste en recordarle (arrastrando a una docena de personas a la calle) que ella allí no debe estar, que su lugar no es ese, que su lugar permanece en otra parte.

    Pero Jessica exagera. No todos los lugares en los que trabajó cerraron. Habrá sido uno; a lo sumo dos. Y Jessica, en base a esas experiencias que se fueron repitiendo, fue alimentando un relato (uno entre tantos otros) que reforzaba su deseo de volver a Caracas, a los salones de la Escuela de Derecho de la Universidad Central, y seguir ejerciendo la docencia; o simplemente seguir estando ahí, imaginando otras vidas desde su vida de abogada, vida de la que parecía sentirse satisfecha.

    Además de advertirme de que no le crea tanto, porque es “exagerada compulsiva”, me cuenta que hace un año que vive en Buenos Aires junto a su marido (que también es abogado y trabaja en un kiosco), y sus dos hijas que estudian por la noche y trabajan en el día.

    Mientras la veo ir y venir de aquí para allá, de la puerta en la que se queda mirando de brazos cruzados a la gente que sigue de largo en la vereda, a la arrinconada barra donde suele inspeccionar las novedades que le ofrece la pantalla de su Smartphone, enchufado al corto cable del cargador, Jessica me interroga. O más bien inicia una conversación en la que ella habla mientras va moviéndose en el espacio, y yo entre las líneas tachadas de este cuaderno.

    Digo inicia, pero en realidad retoma, puesto que el intercambio ya había comenzado hacía rato cuando Jessica, al descubrir que yo no era argentino (probablemente la única capaz de detectarlo, la única con un oído capaz de percibir los niveles o las capas donde aún se revelan indicios de un origen), me preguntó si yo era chileno. Me sentí tentado a seguirle el juego, como hacía con Alberto, el mozo del desaparecido Saint-Michel. Pero la imitación que hago del chileno, si bien es buena e incluso convincente, no duraría demasiado. Quiero decir: la caraqueña Jessica, la menuda y delgada Jessica no tardaría en darse cuenta de la farsa, de que mi vida de poeta solitario en las costas del Pacífico, dilapidando la herencia de mi abuelo Nicanor Parra es un invento muy estúpido. Además, si se trata de una conversación, de hablar a viva voz en público, me cuesta horrores sostener una mentira. De modo que le dije sin rodeos de qué ciudad de su país yo era. “¿Maracaibo?”, y arrugó la cara, como si ese lugar perteneciera, en efecto, no a Venezuela sino a Chile; una lejana bahía de la Isla de Pascua, y no el occidente petrolero del Caribe. “¿Y cuánto tiempo llevas aquí?”. Doce años, le dije. “Muchacho, ¿no te parece una exageración?”, me dijo la exagerada Jessica, mientras redistribuía los diarios en las mesas vacías, jugando a un extraño tetris informativo.

    “Y dime, ¿tú quisieras volver?”, me pregunta Jessica desde la mesa Clarín, en la que se ha sentado y lee distraídamente la tapa, sin desocultar las manos de debajo de la mesa. “No”, le digo a secas, y creo verla temblar un segundo, un temblor que va de los labios a los dedos de su mano izquierda. La veo levantarse de la silla y caminar hacia la puerta tras la barra, que abre sin rudeza para luego encerrarse y desaparecer.

 

    Vuelvo la mirada hacia Avenida Las Heras, y veo pasar un 37 casi vacío, un 41 y busco el sol del mediodía en las cosas. Sobre todo en mis recuerdos, y pienso en lo dramático de volver. Pienso en la simultaneidad de los tiempos, de las vidas, de las crisis y en ese momento absurdo en que comparamos países, y damos por sentada la prosperidad. Y, mientras veo a Jessica salir del encierro cargando provisiones para la barra, pienso en esa última imagen que nos llevamos cuando partimos; última imagen que no es última, que jamás será última, porque la vida continúa en todas partes.

    Veo a Jessica al otro lado de la barra, haciendo tintinar objetos que no alcanzo a divisar (sólo veo su cabello canoso, recogido con una cola y la cabeza gacha, su mirada puesta en lo que sea que hace). No ha entrado un solo cliente desde que llegué a esta mesa, y me pregunto si no seré yo el pavoso, el mufa, el elemento que repele en el Islandia. Veo a Jessica pasar una servilleta por encima de sus pómulos. Se da cuenta de que la observo, y pide perdón por sus “lágrimas exageradas”. Cometo la torpeza de decirle lo primero que se me cruza por la mente. Le digo que hace unos días, la peluquera me contó que hay funerarias que ofrecen un servicio de sepelio simulado en La Recoleta; que una vez terminada la ceremonia y los allegados se retiran, los restos son trasladados a un cementerio de menor relevancia. Jessica suelta un “ja” cansino que se confunde con la exhalación de la cafetera, como si el negocio referido a la muerte no le hiciera tanta gracia.

    Y ahora que lo pienso, tanta gracia tampoco le debió haber causado mi renuencia. Mi “No” rotundo pudo haberse interpretado como reaccionario. Mi seca respuesta pudo haber herido su deseo. Después de todo, ella no vino a Buenos Aires obedeciendo una inquietud por lo extranjero, o porque estuviese harta de Caracas y de su vida de abogada. Jessica está aquí porque de algún modo la expulsaron, y ahora, obligada a enfrentar la crisis del desarraigo forzoso, lidia además con el temor de que todo lo dejado se extravíe; de que al mirar atrás corra el serio peligro, que diría Nicanor Parra, de que la sombra de su recuerdo desaparezca.

    “¿Azúcar o edulcorante?”, le oigo decir desde la barra. Y al decir azúcar en voz alta, reparo en que todo este tiempo no he hecho más que escribir sin beber ni comer nada. Y no recuerdo si el café que trae Jessica en bandeja, lo pedí al momento de sentarme o hace escasos minutos; o es ella la que, al darse cuenta del uso indiscriminado de las vacías instalaciones del Islandia –porque está claro que esta no es sala de biblioteca pública–, ha dicho basta ya a la gratuidad y buena onda al paisano.

    Pero son dos las tazas que ella coloca sobre la mesa. Tazas humeantes, colmadas de espuma. Y Jessica, tal vez resignada a no ver a nadie cruzar la puerta acristalada del Islandia, como esos taxistas que apagan el taxímetro para llevar a un amigo en el asiento del copiloto, deposita la bandeja en la mesa de al lado, y se sienta frente a mí desdibujando su uniforme.

    Y siento el impulso de explicarme, de decirle que no es que yo no quiera volver, es que este país se ha vuelto, con los años, una especie de hogar. Aquí he podido leer y escribir y equivocarme. Aquí he sido pobre, aquí he podido levantarme. Aquí me he enamorado y he sentido que no hay lugar en el mundo para salvarse, pero sí tal vez para ser un poco más libres.

    Pero callo. Bebo el café y callo como ella, que bebe también con la mirada perdida en Las Heras, o en la avenida de sus propios recuerdos, o en lo que Julio Barriga describe en uno de sus aforismos: “el momento en que la ciudad conocida y la desconocida te resultan igualmente extrañas”.

 

    Veo las puertas que se acumular ahí fuera, y pienso en las que ponen en marcha las historias, y que quizás hemos cruzado mucho antes de movernos.

    Pero pienso también en las que se cruzan a la fuerza, contra toda voluntad y pronóstico, porque es a veces la tierra de origen, y no nosotros, la que muda hacia escenarios inciertos, hacia una hostilidad que nos vuelve extranjeros adentro, a un punto tal de que es difícil reconocer o identificarse, y en donde la autoridad exacerbada dilapida al individuo. “Mira, ¿y sobre qué estás escribiendo?”, me dice Jessica instalada frente a mí, con la taza a medio camino entre un diario y su boca. “Sobre la locura arltiana”, le digo. Me pregunta que qué locura es esa. Le digo que aún no la comprendo del todo, pero que tiene que ver con la Buenos Aires frenética y sus personajes raros. Pero también con la locura que trae la pobreza, el rudo desamparo, la prisa o la total alienación. “Yo he visto esa locura, claro que la he visto”, dice Jessica y su voz, o la complicidad universal en su voz me traslada a aquella noche en el departamento que alquilaba en Las Heras 2925, a una cuadra de este Café Islandia en que, en medio de un sueño intranquilo, oí el portero eléctrico vibrar con insistencia.

    Aquel monoambiente era una cámara frigorífica, además de espantosamente oscuro, al contrafrente hacia un patio aire luz por donde las peleas, los gemidos y las flatulencias zumbaban a altos decibeles, y apestaba a humedad penetrante.

    En fin. Aquella, la primera pocilga que pude pagar de mi bolsillo, era baratísima, a pesar de encontrarse en donde se encontraba, en la suntuosa Recoleta.

    Aquella noche los ruidos implosionaban como el hielo. La única calefacción me la brindaban dos toallas y el sobretodo con que me arropaba, varias medias y la colchoneta que me separaba del parqué.

    Y entonces oí el portero eléctrico vibrar con insistencia, y puse el auricular en mi oreja, pero nadie habló.

    Apenas colgué, volvió a reventar. Pero nadie, absolutamente nadie a esa hora contestaba. Así que bajé las escaleras temblequeando, envuelto por la intriga y la ropa de cama. No había nadie al otro lado de la puerta, la cual abrí exponiéndome al grado 0.

    Recuerdo que observé la avenida, sobre una baldosa tambaleante. Nadie, absolutamente nadie a esa hora. Sólo bufidos de distantes colectivos, algún goteo, mi respiración… Fue como el poema de Bolaño en que alguien baja las escaleras de tres en tres con un cuchillo en la mano, y se encuentra la calle vacía. Pero yo no empuñaba un cuchillo. Yo iba desarmado, y sentía miedo.

    Miedo a la prolongación del invierno, a haber quedado atrapado en la ensoñación, y existir como un fantasma por siempre. Tal vez el mismo miedo de Jessica, que ahora con el ceño fruncido, aún sentada y con el diario desplegado, lee las noticias argentinas.

Del libro "S,M,L" 

Editora LP5, 2020


Fotografía de portada: Rómulo Peña

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Ricardo Montiel


Fotografía: Luis Mogollón


Maracaibo, Venezuela, en 1982. Ha publicado los libros Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015), Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia – Rangún, 2018; El Taller Blanco Ediciones, 2020) y S, M, L (LP5 Editora, 2020). Mención de honor en el VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2021 con El rezo de los chatarreros, libro que próximamente saldrá en Quito por El Ángel Editor. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, España, México, Colombia y Venezuela. Coeditó la revista digital Merece una reseña, y actualmente es editor de literatura de la revista Muu+ Artes y Letras. Vive en Buenos Aires desde 2007.