ALGO ESTÁ PASANDO


    De pronto, el hombre se levantó turbado de la silla; había tenido un sueño: él, sentado en el sofá de la sala de su casa, lee una novela donde presencia el dinamismo de un  presunto amante homicida en busca de su víctima, la cual parece ser el esposo de su amante. Sin embargo, en un giro sorpresivo de la trayectoria de la narración, descubre que él mismo será el sacrificado, el futuro cadáver.

Rápidamente, revisó el pequeño recinto que hacía de sala y volvió a sentarse. Se llevó las manos al rostro, se estrujó los ojos y oteó el televisor: la película que creía estar viendo ya se había terminado y ahora transmitían un programa conmemorativo de la vida y obra de un tal Julio Cortázar. Se quedó mirando dicho programa, más por la pereza de levantarse y agarrar el control– que sin explicación alguna estaba en la mesa de la televisión–, que por interés en el aniversario.

Observó, si es que cabía tal verbo en su acción, la memoria con publicidad incluida. Aquella fachada, de vidrio o no y con magia o sin ella, en conjunto con la modorra que lo abatía en ese instante, lo mantenía idiotizado frente a la pantalla de cristal líquido. Escuchó algo sobre los parques y la continuidad e intentó relacionar ambos términos, pero aquello no pasó de ser una intención, un pensamiento; que si el rayo vuela, que si le invadieron la casa y no hizo absolutamente nada; que si los conejitos y aquella señorita en París,  que si la noche estaba con la boca hacia arriba, que si… ¿Qué era todo eso?

Se paró del asiento, otra vez, aunque no caminó hacia el lugar del control, no, ni siquiera pensó en ello, sino que anduvo hasta el cuarto principal, luego a la cocina, al pequeño traspatio, al porche, y después a la segunda habitación ¿Quién carrizo le movió el control del televisor? Él lo tenía en sus manos al momento de dormirse, estaba absolutamente seguro de eso, pues su último recuerdo era él bajándole el volumen a la tele.

Salió de la alcoba y se detuvo en la sala en busca de un ruido que delatara al posible intruso y, en efecto, escuchó algo proveniente del primer dormitorio. «El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación» y en carrera se dirigió hacia allá y abrió la puerta con violencia, revisó la pieza con detalle.

Alguien ocupó el cuarto, dijo, y se retiró. 

Una vez afuera, meditó sobre el incidente « ¿Alguien ocupó el cuarto? » qué quería decir eso, desde cuándo tanta pasividad. Alguien ocupó el cuarto, ¡qué estupidez!  Retornó a la habitación y la halló tal como la había dejado en su primera visita.

Algo está pasando, reflexionó.

O soñaba o había enloquecido ¿Pero cuándo? Toda locura debía mostrar algún síntoma previo a la catástrofe, algo que luego todos catalogarían de inminente y suscitaría expresiones parecidas a: “¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta?”, “¡Pero si era tan obvio!”, entre otras. Ahora bien, ¿por qué él no había sentido nada de eso? Volvió a escuchar el golpe en el cuarto, pero lo ignoró y avanzó hasta la cocina.

Alguien ocupó la cocina, me iré a la sala, comentó.

¿Otra vez? ¿Y ahora por qué lo dijo? Definitivamente había alguien en la casa. Chequeó  cada uno de los espacios da la vivienda, sin embargo no obtuvo ningún resultado positivo. Al regresar de nuevo a la sala, consiguió el televisor encendido, aún transmitían el programa ¿No se había acabado todavía?, y el control al lado del asiento donde él estaba hacía unos cuantos minutos, parecía mirarlo con una sonrisa sarcástica.

Con incertidumbre, mencionó el nombre de cada uno de los moradores de la casa, incluyendo al gato y al perro, pero nadie respiró ante su voz; rápidamente agarró el control remoto y apagó el pantalla líquida; después le sacó las pilas al control y desenchufó la tele. Cuando terminó, corrió hasta la cocina, no halló nada: la olla que había visto en la estufa estaba volteada en su sitio de costumbre.

Algo está pasando aquí, volvió a pensar.

Caminó al baño y se lavó cara. A lo mejor era otra cosa, quizá le estaba ocurriendo eso que cuentan algunas películas, donde  el hombre está dentro de un sueño que es otro sueño y… Al mirarse en el espejo dejó de pensar en cosas que muchos considerarían tonterías y fijó sus ojos en el rostro proyectado, le habló a su otro yo sobre su locura repentina.

¿Qué te pasa? Interrogó la voz que se coló por la puerta del baño entreabierta.

Él giró con rapidez, pero solo logró precisar la silueta que cruzaba por allí. Al salir del baño no consiguió a nadie a su alrededor, solo el silencio.

Nuevamente avanzó hasta la cocina, mencionando, otra vez, los nombres de los habitantes de la casa; obtuvo el mismo resultado de la primera ocasión. No obstante, cuando llegó al recinto se encontró con los ¿intrusos?

En primer lugar, se vio a sí mismo tomando café, y sí mismo lo divisó a él; ninguno de los dos habló. Posteriormente, sí mismo detalló al otro sujeto que entraba cantando a la cocina; él también oteó al aparecido; no estaba seguro, pero le era común con el asesino de la novela que leía en sus sueños. El aparecido contempló a sí mismo y a él; los tres se reconocieron  con incertidumbre.

Algo está pasando aquí, se oyó en la voz de los tres sujetos. 


JULIO ESCORCIA



Venezuela (1990) es licenciado en Educación, Mención Matemática, promotor cultural, narrador, corrector de textos y guionista.. Fue finalista del 5.° Premio “Biblioteca Fimba” de Narrativa Breve (2013), Mención honorífica en el IV Concurso “Por una Venezuela Literaria” (2014) y ganador del segundo lugar del “III Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt” (2014). Ha publicado los libros de cuentos Distancia (2008) y Cuentos in vitro (2010). Cuentos suyos han aparecido en diversas antologías como Ant-rop-ología del fuego (Antología de poesía venezolana) (2018), Escribir en crisis, 23 años de Letralia (2019), entre otras. En la página https://clubdeescritura.com/perfil/74761/julio-escorcia/#folder-7103 se puede leer parte de su obra literaria.