Amnesia

Villa Gesell, junio de 2019.

    Me paro en la arena y contemplo la inmensidad del mar. Intento concentrarme en el devenir de las olas pero las preguntas surgen implacables. ¿Es el océano lo que más me gusta? ¿O antes de la caída prefería otro paisaje? Montañas, bosques, desiertos, ¿cuál era mi favorito? Sé que no siempre estuve en este lugar. Me contaron que llegué hace cinco años. Que antes viví en varios lugares del interior del país y por un breve lapso en Europa.

    La mujer se acerca y toca mi hombro. Me pregunta si tengo frío. No, contesto. Dice ser mi compañera (no dijo esposa ni pareja). No tengo razones para no creerle. Tampoco para confiar en ella. Me atrae físicamente, aunque mis sentidos están algo embotados. Quizá sean las pastillas que debo tomar todos los días.

    Ella fue quien me habló de “la caída”. Vi que se sentía incómoda cuando empezaba a darme detalles del suceso y le pedí que no me contara nada. Me importa poco saber si la pérdida de mi memoria se debió a un pico de stress, la pérdida de un ser querido o haber sido testigo de un hecho traumático. Mi cuerpo se ve sano por lo que supongo que no hubo un accidente. Sin embargo, no me siento con fuerzas para afrontar los pormenores.

    Ayer entré temprano a un bar en la ciudad y pedí un café. Aspiré su olor intenso. Lo bebí sin azúcar. Disfruté el sabor amargo en mi boca y el calor en mi garganta. Estas sensaciones, ¿eran nuevas o familiares? ¿Era así como me gustaba? ¿O el placer fue una simulación? Pedí un diario al mozo. El televisor mostraba un canal de noticias.

    Estuve allí hasta la tarde. Tomé (¿probé?) un café con leche muy dulce, un capuchino, un chocolate, un mate cocido y tres clases diferentes de té. Mientras, observé atentamente a los clientes que entraban y salían. Escuché sus conversaciones. Estudié sus gestos. Al salir me puse a llorar. Caminé torpemente sosteniendo la cabeza entre mis manos. Nada había cambiado. Las personas, las palabras, las circunstancias, todo era igual a hace veinticinco años. Un momento que, por esos extraños juegos que la mente juega, recordaba con detalle. Los cuerpos habían cambiado (seguramente también el mío: tengo cincuenta años). Estaban secos, estirados, pero el discurso, las ideas, seguían flotando inalteradas. Expresaban el mismo razonamiento obtuso, mezquino, viciado.

    Yo no sabía mi nombre. Ellos no sabían quiénes eran. Yo no conocía la dirección de mi casa. Ellos de dónde venían. Yo sabía lo que iba a pasar. Ellos no.

    La cabeza me dolía ferozmente. No llevaba las pastillas conmigo. Intenté perderme en las calles pero la ciudad era pequeña y previsible. Me topé con la puerta del edificio donde vivía desde el alta del hospital. Entré y abracé a la mujer. Nos quedamos en silencio...

    Siento los pies helados. Ahora sí tenés frío, dice ella a mi espalda, riendo. Una ola que ha llegado más lejos que el resto me ha empapado. La mujer me llama por un nombre que no significa nada para mí. Trato de sonreír pero me resulta imposible. Sé lo que se avecina. No porque sea particularmente inteligente o tenga visiones premonitorias. Lo sé porque lo recuerdo. La amnesia que sufro se limita a lo íntimo. La que padecen los otros es más grave y profunda. Quizá sea un enfermizo mecanismo de defensa para no reconocer un error. La válvula de escape de mi mente es desconectar datos de mí mismo. La del resto es persistir en la falla y lanzarse al abismo.

    En unos pocos meses la caída será colectiva. Y real. ¿Sabrá esto la mujer que me abraza?


Juan Keller



Músico, escritor, nihilista, nacido en Argentina. Líder de la banda Las Flores del Mal con la cual grabó los discos Plasma (2002), Orgánico (2011) y Bi (2014). Como solista, realizó una  serie de EPs titulados Híbridos compuesta por nueve volúmenes a la fecha. Administra el sitio www.sondarecords.com. Ha publicado textos en diarios Los Andes, El Otro, revistas Extrañas Noches, Sinestesia, Marabunta, Solsticio y en la antología de ciencia ficción Paisajes Perturbadores.