El ebrio insumergible

Decidimos cuando queremos beber.
Druk

 

Había que poner a prueba una vez más esa especie de hábito con el que inmortalizamos nuestras ganas del desastre: la despedida. No sabía muy bien de qué cosa me estaba despidiendo, si de las cifras rojas del conflicto y los testimonios de los indígenas trans,de la blancura intensa de las paredes del ataúd donde dormía, de los siete perros salvajes, los dos gatos y la poodle sin dientes que cuidé durante una semana, del óxido de los resortes de un colchón, del closet lleno de ropa ajena si usar, de la cerveza Póker de lata o de los alaridos de un borracho que intenta recuperar su verdadera voz. No lo sabía.

A la segunda semana de mi llegada, una familia de mujeres nómadas había decidido adoptarme o ¿raptarme?, da igual. Había pasado que las personas me conducían a vivir sus vidas, como si supieran que continuamente estamos siendo alguien más, o como si les brindara la impresión de estar al borde de un ataque de nervios. Me llevaron de la mano como si fuera un polizón de bolsillo. Me sentí protegido. A pesar de que un poeta es la cosa menos poética que hay en el mundo, no sospeché, me sonreían en forma demasiado natural. Facilité las cosas, no quería tener razones para quedarme mucho tiempo en la habitación, pasa que la soledad se convierte rápidamente en un escenario ideal para comenzar a diseñar extravagancias rebuscadas; los hombres abandonados cometen muchos errores cuando están solos, no han sabido templar sus nervios ante las desgracias. Toda vez que sabía que mi zumbido era como el de una mosca domestica común y corriente, podía reconocer que esa no era mi mejor manera de brillar. 

Escribí en una libreta 11 x 9, los planesde la migración escalonada que le ofrecí a mi familia antes de venirme, tenía cierta semejanza con el diseño meticuloso de un gran robo, lo digo por lo de las rutas de acceso, el cruce del río, el pago de las vacunas, las formas de trasladar el equipaje para que el ruido de su fricción no aturdiera a los niños. En mala letra narré los últimos embates que había dejado atrás, al atravesar la frontera. Nada que nos sorprenda, hasta que nos pasa y nos sorprende: los bolsos abiertos como intestinos, el escaneo brutal, la droga líquida en los bolsillos de mi pantalón. Le tomé varias fotos a los apuntes, preparé algunas notas de voz y se las envié a Fabiola, quien documentaba las historias de migrantes venezolanos para una exposición en un museo de Nueva York, luego dejé de hacerlo porque no estaba dispuesto a ser un objeto de exhibición ni una curiosidad antropológica, o simplemente porque comenzaron a pasarme cosas buenas. De repente me encerraba un pensamiento: “si regresas, no vuelves”.

 

Esa noche de invierno oscuro y helado de la despedida, nos paramos frente a las cajas de cerveza como devotos hambrientos. Grabé con el micrófono del teléfono el momento en el que destapamos la primera ronda, justo cuando el gas sube y es liberado por el orificio de metal. Aquel sonido estaba de regreso y no me dejaría ir de ese país tan fácilmente. Las autoridades desde la antigüedad fueron conscientes de que el ser humano no podía salir adelante sin una cerveza ocasional. En la Grecia clásica, Platón animaba al consumo excesivo de alcohol, el propio Alejandro Magno murió después de una noche de borrachera, que lo debilitó hasta perder la movilidad, el habla y... Así como la cerveza tenía su prehistoria para mí, yo también la tenía para ella. No he tenido tiempo para ejercer el alcoholismo, pero he dedicado todas las horas posibles para estar prendido o borracho. En una ocasión, escuché decir a un vendedor de pepitos en la calle del hambre de Barquisimeto: “El aguardiente es el enemigo del hombre, y el que huye del enemigo es un cobarde”, y aunque no soy lo suficientemente importante como para tener enemigos, estas palabras se convirtieron en mi proverbio de cabecera cuando de beber se trata, cuando el deporte vuelve a unirnos, como lo afirmaría el comentarista deportivo Juan Vené.

Crecí balanceando sixpacks como racimos de frutas en mis manos. Robé latas de cerveza de algún local y fui expulsado de muchos bares. Recorrí kilómetros haciendo parada en las farmacias (licorerías), junto a mi hermano y El Polaco César, para ir en busca de bastimento, decidíamos dormir en las estaciones de gasolina, nos bañamos en las playas que podíamos, y en aquella oportunidad de nuestro último viaje juntos, llegamos al Cabo San Román para comernos una langosta mientras las luces de Aruba y Curazao titilaban a lo lejos, como si nos estuvieran preguntando ¿qué nuevo mundo están preparándose ustedes?

Uno de mis héroes es André Réne Roussimoff, un tipo que sufría de gigantismo, había decidido ganarse la vida como luchador de la WWF, una caja de cerveza era lo mínimo que se bebía antes de cada combate. Mi tío Moisés, en el bar Balalaika, se tomaba media caja antes de buscar a sus nietos en el colegio. E.T tiene una escena en la que está solo en casa, va hacia la nevera y encuentra unas latas de cerveza Coors, las cuales no duda en beberse mientras ve la televisión. De entre las grandes cualidades que tiene la cerveza quizás podríamos destacar una por encima del resto, la omnipresencia.

Entre los invitados nos repartimos las tareas para organizar la cena, a algunos nos tocó buscar leña con machetes desafilados en el pie de monte, unos perros enormes de la zona nos siguieron, iban olfateando los troncos de los árboles. Sobre grillas oxidadas, en medio de cuatro ladrillos grisesasamos bistecs, chorizos y costillas de cochino. Comimos con las manos, luego cuando se hizo tarde, prendidos como sendos faroles, nos marchamos de la finca y fuimos a la ciudad en busca de esa parte de la noche que se extiende como un brazo mecánico. Entramos en cada bar al estilo de pistoleros de un western pobre y solitario; alzamos la voz de forma impertinente, alborotados como un hormiguero pisoteado, no hubo nadie que se negara a ofrecernos lo mejor del menú. Tomamos ron seco, aguardiente Néctar y tequila, alternando con cerveza y Antioqueño. Pedimos al DJ canciones de Rey Barreto, de Palmieri, de Lavoe, como si estuviéramos comulgando con un dios inédito. Hicimos sonar los vasos, raspamos la canilla, tropezamos con todo. Andábamos lerdos, felices y violentos.

El mesonero recargaba los vasos y las botellas se quedaban en la mesa. A la salida del último bar, el reloj marcaba las tres de la mañana, cuatro de la mañana. Comenzamos a caminar bajo el mismo frío del primer día, la neblina borraba las callejuelas más angostas. Inicié una rutina de funambulismo con las líneas discontinuas de la calle, como solo lo pueden hacer los borrachos cuando están perdidos, pero saben a dónde van. Los borrachos siempre tienen donde dormir y donde orinar.

No los vi venir, pero ya estaban ahí. Me rodearon con dos o tres movimientos veloces y fue como si me estuvieran adivinando el futuro. Eran cuatro gamines en su edición más limitada, con una traba en los ojos dándole vueltas, que se les tornaba de pronto en miradas de vidrio molido. Noté cuando las venas del cuello se les endurecían al instante que se me vinieron encima. Uno de ellos sin mediar tomó mi mano como para siempre, y junto a ella la botella de cerveza Club Colombia dorada que una de las nómadas me había regalado para despedirme. Me dijo que no podía irme de Colombia sin probar esa delicia, y yo le creí. Mi mano no se apartó, al contrario el gamín apretó el primer anillo de la botella con sus dedos retorcidos y sucios. En ese momento uno se acuerda de todo con nitidez, y es en el recuerdo que el borracho, antes de que caiga el día, puede ser casi puro e indestructible.

Hubiera preferido entregar la cerveza y abandonar la escena antes de poner en riesgo lo verdaderamente importante, pero estuve distante de los valores que mis padres habían inculcado en mí, sucedía cada vez que bebía. Evitar la pelea era lo más sensato, pero a esa hora nadie podía serlo, más allá del riesgo de ser herido o maltratado, se encontraba una dignidad acechanteque empujaba hacia afuera como un batallón frenético que aparecía con ese rasgo miserable del que me aferraba con todas mis ganas de extranjero. Forcejeamos, comenzaba a llover, en una suerte de lucha libre me batí como si estuviera pidiendo un escarbadientes en mi lecho de muerte para que la civilidad fuese más cariñosa y reposada. No era una pelea normal, parecía más una acometida absurda en la que nos elevábamos a un cielo desierto de estrellas, arruinados por la más alta tentación del espíritu. Para los curiosos solo aparentábamos una discusión infantil. Dos perros flacos y heridos luchando por un hueso.

Deja el mamoneo hijoeputa, dame la pola. —me dijo uno de los gamines en una sola ráfaga de saliva.Trataba de estrellar su cabeza contra mi frente.

Me la acaban de regalar, nojodaLe contesté, al momento que seguíamos girando alrededor, como en un baile ciego.

—Dame esa mierda, gonorrea. —intentó escupirme la mano, pero falló.

Mis amigas nómadas, a cierta distancia intentaban proponer alguna negociación a tiempo, me insinuaban métodos de contrataque con gestos incomprensibles, pero ya estábamos bloqueados, sin clave de acceso, la aguja de la brújula que giraba dentro de mis músculos no obedecía a ninguna dirección. Además, su sombra tenía más de diez dedos hediondos y también quería beber. Con la piel quemada uno de los gamines intentó hacerme una doblenelson desde la espalda,su boca expulsaba humo con olor a pegamento entre los caninos rotos. Me incliné y estuve en posición  para levantar una patada lateral, no quería perder el centro de gravedad sobre la botella, así que no lo intenté. Pensé en el movimiento de piernas que me enseñó “Camacho” en los pasillos del colegio, de esa manera lo acabaría, aunque estaba corriendo el riesgo de derramar la cerveza, y perder el poco honor que me quedaba.

Hicimos varias vueltas sobre el mismo eje, después tropezamos con la acera, trastabillamos, casi caemos en un charco sucio, nuestras camisas habían sido rasgadas como banderas, ondeábamos sin freno, la gloria no se asomaba para ninguno. La botella nos mantenía firmes, la tierra nos jalaba desde su centro. Miré la etiqueta y era un claro símbolo precolombino, solo ahí se concentraba la forma de resistir. No quería estar preso con el pasaje de regreso en el bolsillo del pantalón, algo me hacía pensar que no estaba en la capacidad de ser deportado o dormir en una comandancia de la policía ¿a qué prueba de identidad me estaba remitiendo el destino?

Yo procuraba imitar vulgarmente el bullettimepara esquivar los golpes y los empujones que iban y venían como si estuviéramos cabalgando una bestia, el primero que decidiera golpear dejaría libre el anillo de la botella y la victoria ya tendría nombre. Entonces recordé que aún guardaba lo restante de una cerveza alemana en la otra mano, una mano que había perdido de vista por completo y que aparecía para socorrerme. Les ofrecí un trago de la lata como una solución todavía justa, y aceptaron, hubiera pensado que alguien desde alguna consola los habría desconectado. Los gamines se pusieron en fila y sin hacer contacto con la lata, a una distancia de cuatro dedos les hice llegar a cada uno un chorro de cerveza. Luego les dejé la lata. Se aliviaron y volvieron a cantar su canción detrás de una fuente, donde dormían todos en camas de cartón. Di la espalda, limpié el pico de la Club Colombia dorada con la manga de la chaqueta y tomé un trago.

Estaba  enterita.

 


Javier Guédez Sánchez



Venezuela (1980). Narrador, licenciado en estudios ambientales y facilitador de procesos formativos en escritura experimental. Empleado del mes en La Kuentonáutica. Recibió mención honorífica en el Concurso Internacional de poesía Bruno Corona Petit. Ha sido galardonado por sus relatos: Puyero (2010), Komegato (2002) y la montaña (2000). Premio Nacional del Libro de Venezuela (2014). Su cuento La eternidad de Paula fue adaptado al cine y resultó selección oficial del Festival de Cannes 2018. Ha incursionado en narrativas para el cambio social en contextos de conflicto armado y zonas en condiciones de vulnerabilidad. Su
material poético y narrativo se encuentra publicado en diferentes portales digitales en
Argentina, Venezuela, México, España y Colombia. Tiene publicado en literatura infantil: Sinchi y Kai (2017) Retorno de Alas (2010) Pazíficos y la mutante (2012).
Instagram: @lakuentonautica. Facebook: Javier Guedez Correo electrónico:
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