Como una reminiscencia antes de la luz eléctrica

 

¡A que se va la luz voy!

 

 

Tizón prendido con paja seca, para iluminar la vida: Todos los días, antes del gran apagón del 18 (Siglo XX), eran iguales en aquella Carora solariega, comarca campesina de criadores de chivos, cuyas labores diarias era la misma faena de siempre, desvelar madrugadas, beberse el café al despuntar el alba, entrarse a los corrales y ordeñar mientras que otra comisión familiar iba por la broza, el deshecho seco, por hortalizas, agua del bohío, pasto para las cabras y otras tareas indispensables para el sustento diario. Así eran aquellos días, incluso aun cuando los hermanos y parientes cercanos de algún lugareño sufrían alguna enfermedad, no había tiempo para treguas. Si llovía ya las latas debían estar en sus posiciones bajo los dinteles de zinc, cada perola dispuesta para almacenar el agua del torrencial caído del cielo. Si la sequía se intensificaba ya los pozos o lagunas artificiales debían estar socavadas para la espera del próximo invierno, si es que llegaba. El tiempo durante tantos años no tuvo una espera sino para envejecer, despedir los abuelos y arrugar los rostros ya curtidos de los padres. Cuando el viejo Venancio Guzmán cumplió los 80 años de edad y de nomadismo, regresó por aquellos predios bucólicos de la Carora musical y bohemia, no solo encontrando las tapias ya roídas y lavadas de las pocas casas que quedaron, las que no caminaron o desaparecieron, sino también las cruces amarillentas por la polvareda, el cardón petrificado por el sol caroreño, otros podridos por la brisa y el agua. De esos vestigios arquitectónicos aún quedan los corredores de viejos zaguanes que celan bien guardados como calendarios secretos, una leyenda de eternidades, vivencias donde la oscuridad no era un temor, no era una inconveniente, mas por lo contrario, era la bienvenida al fuego, a la luz divina que iluminaría los cuentos, resúmenes de faenas, espantando los espectros verdaderos que deambularon sempiternamente por sus alrededores, la oscuridad de las noches no eran tales, sino más bien complemento para el reencuentro, el convivir, el abrazo, el café y el atol, los consejos y las arengas, las correcciones en el oficio campestre y, la planificación para el día siguiente. Todo estaba enmarcado a la luz, al fuego, a la candela natural alimentada de cují y cardones secos.

 

Algunas historias que aun cuentan en los barrios de Carora, son como voces vivas que desandan por entre los vientos y que vienen de las vivencias del recordado Venancio, y que a su vez son una especie de reminiscencias que él escucho de sus sabios abuelos, pero cuentan también los cuenteros de caminos que en ese largo caserío de apenas unas veinte casas, cercano a la playa Freitez, luego de pasar las casas de barros que posterior tomaron el nombre de Barrio Nuevo (en honor a un antiguo sacerdote del mismo apellido, según reza en los documentos del Archivo Zubillaga), hubo hace un poco más de cien años, una planta eléctrica y nunca la vieron funcionar porque los presidentes y gobernadores que llegaban a las casas de gobierno nunca se acercaron por ahí. No hubo tal inauguración de dichas máquinas y, quienes se acercaban a ese artilugio venido de otro planeta, lo hacían solo para curiosear. Venancio lleno de una profunda sabiduría popular llegó a contar que un vocero lacayo de esos políticos desconocidos se acercó al poblado a preguntar si el fluido eléctrico estaba trabajando correctamente, es decir, fue a saber si la gente tenía iluminación por lo que Venancio le contestó afirmativamente.

    Dijo que allí nunca se quedaba a oscuras el pueblo ni las calles de légamo por las noche, pues cada quien sabía lo que se tenía que hacer, no era otra cosa que llenar de tierra unos cantaros de metal y rebozarlos de aceite quemado o kerosene, colocarlos en el frente de sus casas, lanzarle un tizón para luego ver como se iluminaba el espacio durante toda la noche. De allí aquel bello refrán, pa’ qué luz si es de noche… ya que cuando la luna estaba llena, todo el predio era más claro y poco implementaban los mechurrios campesinos. En realidad esta necesidad de iluminar todo el territorio no solo fue para tener mayor visibilidad sino por temor a que una vez más se diera rienda suelta el temido Diablo de Carora.

 

De “Encandilados” Comarca de crónicas Caroreñas. Fondo editorial del Sur, 2021.


 

Neybis Bracho 



Escritor, editor, actor y promotor cultural. Licenciado en Letras de la Universidad de Los Andes. Licenciado en Educación Mención Desarrollo Cultural de la Universidad Simón Rodríguez. Ha sido publicado en la biblioteca hispánica de España, en el Diccionario Nacional de la literatura venezolana, así como en varias Antologías poéticas de Venezuela. Ha publicado los poemarios Glaciales (1997), Vergeles de Rosas (1998), Clepsidras y Sombras (1999), Púlpito de Faunos (2002), Contra Silencio (2002), Vástago de Abril (2003), Fuentes de Luces (2007. Publicación acompañada con un CD con la voz del poeta, en una selección de varios libros del autor) Oficio de Existir (2008), Memoria de Viajes (2009). Ceremonia de Fuego (2010). Cuaderno de Relámpagos (2011), América Espada (2012), Hijo del Sol (2013), Por los Caminos del Viento (2014), Sin Olvido Alguno (2014), Cavilaciones entorno a la Obra de Gustavo Pereira (2014), Si esa Muñeca Cantara (2015), El Rey Zamuro y su cuatro mágico (Cuento Infantil), Versos Dispersos (2015), Los Bares de tu Cuerpo (2016), Cuaderno de Hipocondría (2016), Sortilegios (2016), Versos de la Vieja Sombra, Prosa sin Pasado, Versos Furtivos, Sendas del Aún (2017), De La Vieja Aldea (Crónicas, anécdotas y memorias de Calicanto), Vestigios del Trueno (2020), Encandilados  2021).

Fotografía de portada: Esteban Granado